miércoles, 4 de abril de 2007

Cuba: Isla de la divina botella

Aunque este blog está dedicado sobre todo a la etapa revolucionaria ("la memoria inconsolable", en la célebre frase de Hiroshima, mon amour, de Margueritte Duras -"J'ai veux avoir une memoire inconsolable"- se refiere a la guerra mundial y a la bomba atómica, es aquí sobre todo memoria de los desastres de la revolución de 1959, de esa Hecatombre nuestra que dura ya casi cinco décadas), nunca viene mal recordar, de una u otra forma, etapas anteriores: la Revolución remite a la República y esta a la Colonia, trinidad que conforma lo que, emprestando una farse de Paz, cabría llamar "nuestra terrible fábula histórica". Ahora quiero rescatar un muy poco conocido artículo de Antonio Iraizoz, donde se critica por medio del humor la difundida práctica de la "botella" en la República. Instaurada, según se dice, por las autoridades norteamericanas durante la segunda Intervención (1906-1909), la "botella" está vinculada a un rasgo que los analistas del "carácter nacional" señalaban una y otra vez: el "vivo" que medra a costa del erario público es uno de los tipos fundamentales de aquella República donde mandaban el relajo y el choteo. La Revolución acabó, desde luego, con la "botella"; el estado se convirtió en único empleador y el clientelismo, vinculado a los caudillismos heredados de la guerra de independencia, fue retomado así en clave totalitaria. La "botella" quedó solo como recuerdo de un pasado lamentable, pasó a integrar la leyenda negra de la República. Una historia que conocemos.


Antonio Iraizoz. "En busca de la divina botella" (Libros y autores cubanos. Editorial Rosareña, Santa María del Rosario, Cuba, pp.110-113)

A las postrimerías de su vida, Anatole France debió encariñarse con el genio de Rabelais. El maestro por excelencia del humorismo y de la ironía, penetraba con delectación principal en la obra del que abrió con su gracia y con sus risas las puertas del Renacimiento. Rabelais, hermano y precursor de Cervantes, perseguido e inquieto como el manco glorioso, soldado este, médico aquel, poblaron ambos con su fantasía un mundo de héroes imaginarios. No por irreales dejan de ser símbolos eternos de actitudes constantes, muy humanas, ante la vida. Gargantúa, Pantagruel, Panurgo, como Quijote y Sancho, reaccionan y se proyectan entre arrebatos y debilidades del mismo modo que los hombres de todas las épocas ante las flaquezas, las miserias, los egoísmos, los sueños y los delirios del espíritu y las tristes exigencias de la carne.

Dedicó el sonriente maestro francés su última obra a un análisis de los celebérrimos personajes Gargantúa, Pantagruel, Panurgo, creaciones inmortales del genio rabelaisiano. Fue cazando detalles autobiográficos del monje de Chinón, del médico de Montpellier, los cuales, ensanchados o desfigurados, deslizó Rabelais en su libro imperecedero. Halló los puntos de contacto entre sus andanzas - afanoso de sabiduría -, y las chuscas peripecias de Pantagruel y sus compañeros en busca del oráculo de la Divina Botella. Claro que este viaje rabelaisiano constituye una burla clásica a la demanda del Santo Grial, que tanto apasionó la imaginación del medioevo. Los navíos pantagruélicos van tocando en diversas islas significativas: la isla Sonante, donde se oyen voltear constantemente las campanas; la isla de los Herrajes, donde los árboles en lugar de frutas producen herramientas; la isla de la Superchería, poblada por gente vendedora de falsas antigüedades; la isla de la Condenación, asiento de la justicia criminal que administran gatos encapuchados. Aquí, el despojo es la divisa; llaman al vicio, la virtud; al hurto, liberalidad. La Isla del Tribunal de Cuentas, “donde los ignorantes emplean todo su tiempo en oprimir las casas, los campos y los prados para que destilen dinero con la presión que les hacen, de cuyo dinero solo una parte llega a la hacienda real, lo demás desaparece.” Y así continúa este bojeo por tan caprichoso archipiélago hasta alcanzar la Divina Botella, en cuyo templo, de puertas de bronce, en caracteres griegos, grabados en oro, aparece la imborrable leyenda: “en el vino está la verdad”.

En Cuba también tenemos otro oráculo de la Divina Botella, con un simbolismo más extraño aun que el que le dio Rabelais, movido por sus preocupaciones religiosas. (Rabelais se educó en un convento; fue monje; advirtió la necesidad de reformar la Iglesia; por sus sátiras, si se descuida, lo tuestan en una hoguera). La Divina Botella tropical es más compleja, aunque menos alegre. Por alcanzarla están los cubanos dispuestos a sacrificarlo todo: creencias, partidos, hábitos de trabajo, la propia estimación. El alto ideal de cada cubano es abrazar una Divina Botella como cualquier religioso se abraza a una cruz. Aunque no le haga mucha falta, siente voluptuoso deleite por recibir cada mes, tras una firma en cualquier nómina, el cheque más o menos remunerante que expiden los pagadores oficiales. Lejos de producirle sonrojo recibir una cantidad por algo que no han hecho, se siente hombre superior, ciudadano de primera categoría, si puede obtener las mercedes de la Divina Botella. No oculta el favor ilegal: lo pregona. No significa un demérito en su condición, sino timbre de honra e importancia de su ciudadanía.

¿De dónde se extrae el líquido que luego se contiene en la Divina Botella? Por paradoja también, vivimos en la Isla del Tribunal de Cuentas de la ficción de Rabelais. Legiones de ignorantes emplean todo su tiempo en oprimir los negocios, los campos de caña, las vegas de tabaco, los potreros de ganado, los cafetales, los sembradíos de tomate, los talleres de la industria, las tiendas del comercio, la renta de las casas. Todo tiene que destilar dinero a la fuerte presión de los inspectores, los burócratas, de los alcabaleros municipales. Y del dinero, solo una parte llega a la hacienda real; lo demás desaparece…

Miradas así las cosas, no debemos desesperar por nuestras vernáculas deficiencias. Son viejos achaques humanos. Los vicios de los hombres se han presentado en la misma forma bajo todos los tiempos y latitudes. Solo las virtudes pueden exhibir originalidad. Rabelais escribió cuando hacía muy pocos años que Cristóbal Colón había descubierto la América. Dadas las características de su época, no pudo escribir libremente, ampliamente, todo lo que vio y todo lo que sabía. Se valió de formas veladas. A pesar de ello, no pudo eludir la condenación de la Sorbona en los dichos y hechos heroicos del noble y bueno de Pantagruel. Rió con una carcajada tan sonora, que aún hoy, a cuatro siglos de distancia, resuena en nuestros oídos. ¡Quién iba a decirle que más allá del Mar Tenebroso, algo lejos de cuantas tierras exploraba Cartier por entonces, había un archipiélago endiablado donde la Divina Botella tendría un templo también, y unos ritos y liturgia de mayor sustancia.