sábado, 21 de marzo de 2026

Más sobre Breve historia de Cuba, de Rafael Rojas

 

      No me sorprende que Rafael Rojas llame “diatriba” a mi crítica de su Breve historia de Cuba. Hizo lo mismo con mi reseña de La vanguardia peregrina, por allá por 2014. Entonces, repliqué señalando la diferencia entre una crítica y una diatriba; ahora la reitero: la diatriba pertenece al registro de la invectiva personal y de la descalificación retórica; la crítica, incluso cuando sea dura, se sostiene en argumentos verificables y en el análisis del texto en cuestión. Señalar errores factuales y de interpretación, inconsistencias argumentativas o incluso deficiencias de redacción forma parte del ejercicio tradicional de reseñar libros. Las cuatro recensiones que he escrito de libros de Rojas -la mentada sobre La vanguardia peregrina, y además las de Historia mínima de la Revolución Cubana y de La polis literaria-, se mantienen, claramente, dentro de los límites legítimos de la crítica.

         De esos libros he dicho, sí, que son libros malos, pero además lo he argumentado pacientemente. Como lo he hecho, por poner otro caso de un autor que cuenta, como Rojas, con una considerable reputación, con los libros de Leonardo Padura. Mi ensayo sobre este último comienza así: “La prosa es mala; muchos los estereotipos y clichés; la crítica de lo que, retomando un tópico de las primeras décadas de la República, podríamos llamar la “crisis cubana”, siempre fuera de foco.” Y dedico a continuación muchas páginas a demostrar esos juicios, con abundantes citas de los libros de Padura, y sin argumentos ad hominem. ¿Cree Rojas que este ensayo es también una diatriba? Cualquier lector puede fácilmente advertir que no estoy descalificando a uno ni al otro, sino valorando sus obras, las cuales han sido dadas a la imprenta. La reputación de los autores es, en este punto, del todo irrelevante. Puede Padura ganar mañana el Premio Cervantes, puede Rojas ganar todos los premios de ensayo que existan en el mundo hispánico; seguiré teniendo el derecho a criticar sus libros, y atribuir esa crítica a un intento deshonesto por desacreditar a autores con quienes tengo discrepancias de ideas seguirá siendo una falacia.

           Rojas sostiene que me disgusta “el enfoque aplicado a Breve historia de Cuba” (entiendo que se refiere al enfoque aplicado a la historia de Cuba en su Breve historia de Cuba), pues prefiero la propaganda anticastrista, pero en vez de debatir mis diferencias con ese “enfoque” suyo más profesional, me “mantengo en el plano positivista”, inventando errores factuales que su libro no tiene. Esto es, obviamente, una tergiversación de mi reseña. Por un lado, el libro tiene más errores e imprecisiones de los que apunté en mi reseña. Por el otro, aunque señalo que se concentra demasiado en la historia de acontecimientos, admito que ello quizás sea inevitable en una “breve historia”; mi crítica, a este respecto, apunta, por un lado, la incoherencia de incluir la parte material sólo en el capítulo sobre la Cuba precolombina, y, sobre todo, que la selección de los hechos es, a lo largo de todo el libro, desafortunada, en tanto da espacio a cosas nimias, innecesarias, como la fecha de nacimiento de Frank País y el nombre de la ministra Marta Elena Feitó Cabrera, mientras omite otras importantes, como la creación de la moneda cubana en 1914 y el canje de moneda en 1961. Y, señalo, mucho antes de llegar a la cuestión de la normalización del castrismo, que es donde habría una diferencia de opinión que daría margen al debate, otro punto importante en mi valoración de este libro: está mal escrito.

         Rojas repite que me “molesta” o me “irrita” que él escriba tal o más cual cosa; nada más lejos de la realidad. No me molesta que Rojas escriba: “los taínos fueron tejedores: con el arique de las yaguas trenzaban cuerdas, tejían jabas y sacos con la hoja de bijao y el tallo del maguey (…), cocían (sic) las hamacas de sus bohíos” (p.17). Me parece, eso sí, una imprecisión múltiple: los taínos practicaban la cestería y el trenzado de fibras vegetales, pero, evidentemente, no cosían sus hamacas: coser implica unir pedazos de tela y ellos no conocían la tela justo porque no eran, a diferencia de los indígenas andinos y mesoamericanos, propiamente tejedores. Las fibras del maguey, usadas para fabricar cordajes, se obtienen de las hojas, no del tallo de esta planta; las hojas del bijao, flexibles pero no fibrosas, parecidas a las de las matas de plátano, se usan para envolver alimentos, no para trenzar ni mucho menos para tejer. 

        No me molesta que Rojas escriba que “2015 fue un año fascinante en la historia contemporánea de Cuba. Pareció anunciar el cambio de época que mencionaban Barack Obama y Raúl Castro, pero terminó siendo más semejante a una resaca que devuelve la corriente mar adentro” (p.163) Me parece, eso sí, una oración muy poco lograda: el adjetivo mal usado; la metáfora pobre y redundante. En la página 13: “Las estadísticas oficiales y los estudios académicos más rigurosos, dentro y fuera de la isla, describen un país que pierde población aceleradamente, cuyo producto interno bruto decrece, su pobreza y su desigualdad aumentan y la situación de los derechos civiles y políticos empeora (…)”. En la 57: “Dulce trató de combinar la contrainsurgencia enviando a Blas Villate de la Hera, conde de Valmaseda, contra Bayamo con cierta flexibilidad por medio de la libertad de imprenta, la promesa de amnistía y algunos amagos de negociación con los camagüeyanos (…)”. En la 106: “El 13 de marzo de aquel mismo año, el Directorio Revolucionario, unido a importantes líderes del autenticismo como Menelao Mora y Carlos Gutiérrez Menoyo, asaltaron el Palacio Presidencial (…)” En la 139: “El Periodo Especial comenzaba a pasar factura al Estado cubano a través del segmento de bajos ingresos, que no se beneficiaba de la tímida reforma y poco a poco quedaba al margen de la seguridad social estatal”. En la 140: “Familias enteras encima de un tablón sobre cuatro llantas de goma se adentraban a nado en las aguas del estrecho de la Florida”.  En la 125: “El Congreso terminó reiterando a Fidel Castro como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba.” En la página 153 escribe Rojas: “Justo en el verano de ese año, 2006, una diverticulitis intestinal había provocado una hemorragia (…) que puso a Fidel Castro al borde de la muerte”, cuando ya en la 149 había escrito: “Pocos meses después, Fidel Castro sufrió una hemorragia intestinal en un vuelo de Holguín a La Habana”. Cada vez que menciona a Varona, Rojas le llama “el filósofo y pedagogo Enrique José Varona” (pp.74, 79), como si el lector no tuviera memoria.

         No es molestia ni irritación, ni sorpresa alguna, lo que me suscita la lectura de este libro, sino la exigencia intelectual de someterlo al análisis crítico que merece, de señalar sus muchas deficiencias. Mi reseña -y aquí se repite, de nuevo, un patrón del pasado- abunda en citas del autor; la réplica de Rojas apenas contiene citas. La razón es obvia: me atribuye una y otra vez cosas que no he dicho. (Esto tampoco me sorprende, pues ya en nuestra primera diferencia pública, a propósito de “Pequeña historia de Cuba”, Rojas citó una frase mía eliminando las comillas que yo había puesto en una palabra, tergiversando así deliberadamente el sentido de mi crítica al poema de Eliseo Diego.) Ahora dice Rojas que yo sostengo que “el término contrainsurgencia para aludir a las campañas militares realistas en Cuba, entre 1896 y 1897, es inadecuado”. Esto es lo que yo escribo en mi reseña: “En el primer capítulo del libro, Rojas llama a la lucha de los españoles contra Hatuey, “contrainsurgencia” (p.20). El término resulta, a todas luces, inadecuado: el célebre cacique taíno encabezó la resistencia indígena a la conquista, no una insurgencia contra un poder político previamente constituido.” La triquiñuela de Rojas es evidente: para no reconocer que su uso del término es, desde luego, impropio (¡Hatuey un insurgente!), él desvirtúa mi crítica; si yo he dicho que “contrainsurgencia” es inadecuado para Valeriano Weyler y no para Diego Velázquez, entonces soy yo, no él, quien se equivoca. ¿Cree Rojas que los lectores somos tontos?  

        En una manipulación aún mayor incurre cuando me atribuye la frase siguiente: “quien renunció fue Fidel”. Primero, yo nunca escribo “Fidel” -a menos que sea así, entre comillas-, sino Fidel Castro. Mis palabras textuales son: “Lo cierto es que Castro renunció primero (…)”. Rojas, señalando ahora de refilón que es renuncia fue “artificiosa”, recurre al “donde dije digo, digo Diego”. Pero lo escrito, escrito está: afirmar que “ambos líderes amenazaron con renunciar hasta que lo hizo el más débil de los dos, el presidente Urrutia” (p.108), es históricamente inexacto; en mi reseña remití al relato de los hechos que hace Hugh Thomas, pero también cuenta eso muy bien, desde la perspectiva opuesta, Luis María Buch, que fue ministro de la Presidencia entre 1959 y 1962. (Luis M. Buch, Reinaldo Suárez, Gobierno revolucionario cubano. Primeros pasos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009, pp.124-135, 201-214).

        Por mucho que ahora quiera marear la perdiz, la versión del llamado “gran debate” sobre la economía de mediados de los 60 que da Rojas es errónea. No he leído El árbol de las revoluciones, pero en el libro que reseño en esta ocasión se afirma que “el flanco prosoviético” enfatizaba, frente a Guevara, la “planificación central” (p.113). Ello es, sencillamente, falso. Fue el argentino, entonces al frente del Ministerio de Industrias, quien defendió la planificación socialista y los estímulos morales, mientras la otra parte se decantaba por los estímulos materiales y la autogestión de las empresas. La intervención de dos renombrados economistas europeos otorgó, por cierto, a la controversia mayor trascendencia, inscribiéndola en los grandes debates en el interior del movimiento comunista: el trotskista Ernest Mendel estaba del lado de Guevara, mientras Charles Bethelheim, más cerca del estalinismo, polemizó con el comandante, que organizaba por esos años un grupo de estudios de El capital en el Ministerio de Industrias. Los radicales cubanos no se oponían, sin embargo, tanto al estalinismo en sí como al reformismo imperante en la URSS desde 1962, que sostenía la idea de que, en tanto todavía existen en la fase socialista mercancías, precios y salarios, la “ley del valor”, aquel principio que Marx explicara en el libro primero de su magna obra sobre el capitalismo, sigue operando parcialmente.

        Partidario de lo que llamaban “sistema presupuestario de financiamiento”, Guevara planteaba, por su parte, que esa ley no debería ser un regulador de la economía socialista, porque ello reproduciría la ideología burguesa. La autogestión de las empresas tendría como consecuencia el aumento de la burocracia, y esta era justo una de las bestias negras del proyecto radical que alcanzó su apogeo en 1967: la campaña contra el burocratismo buscaba poner a los cuadros de dirección “lo más cerca posible de la producción” para desarrollar en ellos la “conciencia comunista”. En los editoriales publicados por Granma del 5 al 12 de marzo del 67, el burocratismo, síntoma de la separación del trabajo intelectual y el trabajo manual, era presentado como una herencia del capitalismo dentro del estado revolucionario que debía ser combatida: “Si permitimos que supervivan en la organización y el desarrollo de nuestra economía categorías propias del sistema capitalista, si nos entregamos al camino más fácil y utilizamos el interés material como palanca propulsora de la construcción socialista, si la mercancía se mantiene como la célula económica, si la presencia del dinero se mantiene omnipotente dentro de la nueva sociedad, entonces el egoísmo y el individualismo continuarán siendo los que predominen en la conciencia de los hombres y no lograremos la formación de un hombre nuevo.” (Cuba: una revolución en marcha, Ruedo Ibérico, París, 1967, p.175.)

        Ahí estaba, en el dinero, el límite mismo del capitalismo; siendo, en cierto modo, la forma última de la propiedad, aquello que persistía cuando todo lo demás había sido nacionalizado, su abolición marcaría el “gran salto adelante” desde el estadio socialista al comunista. K.S.Karol cuenta que Fidel Castro le dijo en 1967: “Óyeme, los chinos puede que estén haciendo experimentos interesantes, pero nosotros estamos tratando de ir mucho más lejos. El dinero sigue estando en el centro de su programa social, aunque intentan la igualdad, mientras que los rusos deliberadamente estimulan las diferencias de salario. Nosotros estamos tratando de deshacernos del mito del dinero, en lugar de reformarlo superficialmente.” (Guerrillas in Power, Jonathan Cape, London, 1971, pp.342-343. Traducción mía.) La idea era que, a la larga, el Estado pudiera distribuir gratuita y equitativamente la comida y la ropa a toda la población. Esos sitios de avanzada que eran la Isla de la Juventud y los “planes piloto” de San Andrés de Caiguanabo, Banao y Gran Piedra, donde la “revolución cultural” cubana se ponía a prueba, actuarían como modelos de lo que sería en un futuro no muy lejano todo el país, “focos” comunistas que irían acelerando la transición hacia el “reino de la libertad”. El propio presidente de la República, aquel Dorticós que sustituyó a Urrutia, le aseguró a Karol que en Cuba estaba a punto de construirse el comunismo.

          Sobre ese experimento, que dio en llamarse justamente “construcción simultánea del socialismo y el comunismo”, nada dice Rojas en su libro; él menciona el proceso a la “microfracción” (p.116), pero no explica su conexión indirecta con aquel debate económico ocurrido años atrás. Aníbal Escalante, el “histórico” líder comunista, y aquellos otros miembros del partido acusados de manifestar dudas, entre otras cosas, sobre el plan de los diez millones de toneladas de azúcar, no habían participado en el debate, pero, en un contexto en que, con el auge del voluntarismo guevarista, el modelo soviético era visto con creciente sospecha, fueron fácilmente presentados como culpables de esa desviación ideológica que se dio en llamar “economicismo”. En su libro Karol critica el hecho de que los acusados no tuvieron oportunidad de dirigirse al tribunal y fueron condenados sólo por delitos de opinión, lo cual distinguió a ese insólito proceso de los propios juicios de Moscú, donde, como sabemos, los acusados tuvieron que autoinculparse de gravísimos crímenes imaginarios; aun así, el asunto de la microfracción, como antes la campaña antiburocrática, cumplía la misma función de fortalecer el vínculo entre el pueblo y el líder que los procesos y purgas en el estalinismo. A la burocracia, comprendida como un rezago pequeñoburgués dentro de la sociedad socialista, Granma oponía, en aquellos editoriales del 65, el ejemplo de “Fidel”. “Hay que aprender de ese estilo nuevo. Es el estilo de trabajar sobre el terreno, de granja en granja, analizando cada problema hasta el detalle, orientando, discutiendo, conversando con los propios trabajadores, viviendo sus problemas y dificultades.” Justo ahí, en la cúpula misma del poder, el movimiento antiburocrático tenía su límite; la autoridad de Fidel Castro, en tanto encarnación del Partido y de la Revolución, estaba fuera de discusión.  

          Donde dije digo, digo Diego; ahora se baja Rojas con que la vicepresidencia del Consejo de Estado fue “mejor conocido (sic) como Ministerio de la Batalla de Ideas”. ¿Mejor conocido por quién? En su libro él habla de la “creación del Ministerio de la Batalla de Ideas” (p.146) y se refiere a Otto Rivero, en el momento de su truene, como “Ministro de la Batalla de Ideas”. (p.155) Un ministerio o existe o no existe. Lo que se creó el 13 de diciembre de 2004, como parte de aquella reorganización de la cúpula del Estado en los últimos años del liderazgo de Fidel Castro, fue un cargo dentro del Consejo de Ministros, no un ministerio. Afirma Rojas que yo doy “por terminada la Batalla de Ideas en 2002”; una vez más pillado en error, me atribuye algo que no he afirmado. Lo que escribí en mi reseña es que “el momento álgido de la susodicha batalla fue entre 1999 y 2002”. De hecho, en "Miseria de la Batalla de Ideas" (Rojas se refiere abundantemente a sus otros libros y ensayos; permítaseme entonces que recuerde este texto mío de hace dos décadas), comenté la última fase de la misma, la que se inició con el discurso de Fidel Castro el 8 de marzo de 2005, en que la prensa oficialista celebró la proclamación del fin del “período especial”.

        Rojas, por cierto, pierde el foco, en esta parte de su Breve historia de Cuba, cuando insiste en que “en la lógica de la Batalla de Ideas no había centro, mediación o tercera posición posible. La lucha ideológica y política era perfectamente binaria y a muerte.” (p.146), como si se tratara de una novedad y no de la “lógica” misma del castrismo, desde los años sesenta. El quid de aquella batalla que en su “Proclama al pueblo de Cuba” del 1 de agosto de 2006 el Comandante instaba a continuar, no está en el maniqueísmo sino en su carácter de pastiche tardío, de involuntaria parodia. La nostalgia de Fidel Castro por los tiempos épicos de su juventud no manifestaba, en las diarias comparecencias públicas de 2004 y 2005, otra cosa que su propia decadencia física y mental, paralelas a la del régimen. La escena del Comandante mostrándole una olla arrocera al filósofo Gianni Vatimo, televisada en 2004 en la “mesa redonda informativa”, venía a ser una versión ridícula de los diálogos entre Sartre y Castro narrados por Lisandro Otero en el periódico Revolución, una evidencia más de la insalvable distancia entre la Edad de Oro de la revolución y su fase decadente. Desaparecida la capacidad movilizadora del régimen, definitivamente perdido el entusiasmo, las marchas y manifestaciones en la “tribuna abierta antimperialista” carecieron del dramatismo de aquellas de los años sesenta; todo fue una comedia. De ahí que en vano buscaríamos en la Batalla de Ideas imágenes icónicas como las que dejaron el “Sexto Aniversario” (1959), la “Asamblea General” (1960) y la “Declaración del carácter socialista de la Revolución” (1961). El hecho mismo de que la batalla fuera de ideas –“la gran batalla se librará en el marco de las ideas y no en el de las armas” (La Batalla de Ideas. Nuestra arma política más poderosa, Editora Política, La Habana, 2003, p.30), dijo Fidel Castro en la clausura de la conferencia internacional Por el equilibrio del mundo no hacía sino revelar el carácter farsesco, ultrarretórico, del asunto. La verdadera batalla de la Revolución, la apasionada batalla guevarista, la gran batalla de la Cuba de los sesenta, no fue nunca una batalla de ideas, porque sin violencia revolucionaria o sin un cambio material que comportara una nueva experiencia del mundo físico, como en el proceso productivo, o un cambio de lugar, de posición, como en la campaña de alfabetización no había, no podía haber, transformación de la subjetividad, pasaje alguno al otro lado.

           A propósito de esta última campaña, Rojas tiene razón al apuntar que La historia me absolverá no puede ser considerado un documento fundacional del movimiento 26 de Julio (aunque no deja de ser irónico que él, que incurre en numerosos anacronismos a lo largo de su libro, como hablar de provincias cuando no se habían fundado siquiera las siete villas, se muestre ahora tan riguroso con la cronología), pero yo mencioné “otros documentos como el Manifiesto No. 1 al pueblo de Cuba”. Rojas replica que en Nuestra razón, de Mario Llerena, se habla de “alfabetización sistemática”. Insisto: hay una diferencia cualitativa entre la alfabetización o la extensión de la educación como objetivos sociales o cívicos, y una movilización como la campaña del 61. Presidida por una frase de Martí, la sección dedicada a la educación en ese manifiesto-programa afirma que la misma debe tener “algún contenido moral o filosófico”, pero que este contenido debe estar libre de “influencias religiosas o sectarias, las cuales pondrían seriamente en peligro las libertades democráticas.” (Mario Llerena, The Unsuspected Revolution, The Birth and Rise of Castroism, Cornell University Press, 1978, pp.294-295. Traducción mía) Entre este ideario pedagógico laico y nacionalista, que enfatiza la “implícita imparcialidad del estado democrático”, y las formas y el fondo de aquella campaña que fue vista, en un contexto de gran militarización, como una “batalla contra el analfabetismo”, hay más que una diferencia de grado. Brigadas juveniles, movilización nacional, uniformes y un manual con veinticuatro temas de “orientación revolucionaria”: nada de esto estaba previsto en los documentos del 26 de Julio. Más que con estos, la campaña del 61 es afín a la campaña soviética, leninista, conocida como Likbez, acrónimo de likvidatsiya bezgramotnosti, que significa “liquidación del analfabetismo”.

         Alega Rojas que no cree que el régimen producido “tras el cambio revolucionario en Cuba sea dictadura”, y que reclamarle que lo llame así equivale a pedirle que aplique “categorías” que no suscribe. Para defender un libro que da muestras abundantes de falta de rigor en todos los niveles, el autor de Breve historia de Cuba se aferra ahora al rigor teórico. Dictadura, dice, es para él “interrupción temporal de un orden constitucional previo”. Se trata de una concepción estricta de la dictadura, que no da cuenta de las formas de poder político propias del siglo XX. En Die Diktatur (1921), escrito en el contexto de la posguerra europea y de la Revolución de Octubre, Carl Schmitt distingue dos tipos de dictadura: la “dictadura comisarial” y la “dictadura soberana”. La primera consiste en una suspensión temporal del orden constitucional con el objetivo de defenderlo o restaurarlo: el dictador actúa como comisionado de la constitución existente y ejerce poderes extraordinarios para superar una situación de crisis sin alterar el fundamento del sistema político. La segunda, en cambio, no pretende preservar la constitución vigente, sino reemplazarla por otra, actuando en nombre de un poder constituyente que busca fundar un nuevo orden político. La revolución antibatistiana se presentó inicialmente como una empresa restauradora, no una dictadura comisarial en sentido estricto, pues no actuó como delegada de un orden constitucional vigente ni fue investida por una autoridad preexistente, aunque sí se legitimó invocando la Constitución de 1940 tras la ruptura provocada por el golpe del 10 de marzo. El abandono posterior de ese horizonte, expresado en la consigna de 1960 “¿elecciones para qué?”, marca el tránsito hacia una lógica distinta: el poder deja de referirse a un orden previo para erigirse en instancia constituyente y, en ese proceso, se configura como dictadura soberana.

        En Cuba lo que hubo, afirma Rojas, fue una “reconstitución del país de acuerdo con el modelo de los totalitarismos comunistas o de los socialismos reales”. Bien, ¿en qué página de Breve historia de Cuba se define como totalitario al régimen establecido en los sesenta y los sesenta? Al hacer la historia de ese proceso, Rojas omite hechos y momentos cruciales de los primeros años del período revolucionario, como la proclamación directa desde el jecutivo, sin parlamento ni referéndum, de la Ley Fundamental de la República de Cuba en febrero de 1959; la suspensión del habeas corpus en noviembre de ese año; el proceso de desarme que terminó por eliminar prácticamente la posesión civil de armas en un país que hasta entonces había tenido al respecto una de las legislaciones más permisivas del continente; la introducción del permiso de salida del país, conocido como “tarjeta blanca”, en 1961; la nacionalización de todas las instituciones educativas privadas en ese mismo año; y la segunda Ley de Reforma Agraria de 1963, que transformó radicalmente la estructura del campesinado cubano, en sentido contrario, por cierto, a aquella creación de “una clase media de terratenientes rurales” que se menciona en Nuestra razón.

        Aun aceptando la tesis según la cual la revolución terminó a fines de los setenta, sigue en pie la pregunta: ¿cómo es el régimen posterior? ¿Había una dictadura en Cuba en 2006, en 2012, en 2016? En esos capítulos de esta Breve historia de Cuba que cubren las décadas que siguieron a la institucionalización, tampoco se define al régimen político cubano. Cuando menciona el viaje de Obama a Cuba, Rojas escribe que era el “primer presidente de Estados Unidos que viajaba a Cuba ya no desde la llegada de Fidel Castro al poder en 1959, sino desde el viaje de Calvin Coolidge a la Conferencia Panamericana de 1928, bajo la dictadura de Gerardo Machado.” (p.164) Ese viaje tuvo lugar en enero de ese año, cuando Machado se encontraba aún dentro de los cuatro años de su primer mandato, antes de la reforma constitucional que prolongó su permanencia en el poder. Pero, según esta Breve historia de Cuba, la “dictadura” es aquella, la de Machado (que lo fue, entre 1929 y 1933), no la de Raúl Castro.

        La marcada tendencia de Rojas a la historia diplomática contrasta con el escaso espacio que le dedica a la oposición en los años sesenta, donde hay un énfasis en la popularidad del régimen. Rojas menciona “el arresto del Comandante Huber Matos en Camagüey” (p.109), no su condena a veinte años de prisión. De las “guerrillas anticastristas del Escambray” (p.112) no se ofrece explicación alguna en un libro donde hay todo un párrafo dedicado a los líderes del Tercer Mundo que visitaron el país en los setenta (p.112), y varios a los viajes de Fidel Castro y Carlos Rafael Rodríguez a Moscú en los ochenta. Se diría que, más que en una historia de Cuba, el foco está en una historia de las relaciones internacionales del gobierno cubano en esos años. La propia historia contemporánea de Venezuela recibe un espacio desproporcionado: se mencionan la Misión Barrio Adentro, la Misión Barrio Adentro II, la Misión Campo Adentro, la Misión Cultura Corazón Adentro, que modificaron la vida cotidiana en Venezuela pero no en Cuba, mientras cambios importantes que por entonces se producían en la isla, como la extensión del acceso a internet (que fue progresiva, primero en lobbies de hoteles, luego en puntos de wifi en parques y lugares céntricos, finalmente con los “datos” de ETECSA), la legalización de la compraventa de casas y de carros, y la eliminación del permiso de salida, no aparecen en el libro. Momentos simbólicos como la mudanza de las sesiones de la Asamblea Nacional desde el Palacio de las Convenciones al Capitolio, terminada su restauración en 2019, gesto que buscaba restablecer cierta continuidad con la República bajo la presidencia de Miguel Díaz-Canel, también se le escapan a Rojas.

       En el capítulo “Los años soviéticos”, leemos: “Sin embargo, como en toda modernización, hubo sectores que quedaron al margen, como pudo verificarse en el refugio de unas 500 personas en la embajada de Perú, en abril de 1960.” (p.127) Más que el error flagrante en el número de asilados (estimado en aproximadamente 10 mil, según la mayoría de las fuentes), lo que chirría en esta frase es el comienzo. Justo el hecho de que tuvo una consecuencia tan insólita, única en la historia de Cuba, como la crisis de Mariel, indica que esa modernización no fue como todas. La modernización de las primeras décadas de la república fue, desde luego, desigual, pero estuvo acompaña de un sostenido aluvión inmigratorio. Justo el cambio de sentido de la migración evidencia que la supuesta modernización socialista de la que habla Rojas es un espejismo: lo que estalló en Mariel fue la combinación de la pobreza socialista y de la falta de libertades. La ‘salida ilegal del país’, tipificada como delito en el Código Penal de 1979, aunque perseguida y sancionada desde mucho antes, había terminado por convertir la isla, en la práctica, en una suerte de campo de concentración.   

         Si se compara con otros países socialistas, es cuestionable, incluso, la existencia en el caso cubano de una verdadera “modernización socialista”, al menos en términos materiales y urbanos. En la Unión Soviética y en buena parte de Europa del Este, el socialismo estuvo asociado a transformaciones visibles del espacio construido: nuevas ciudades industriales, grandes complejos fabriles, redes de infraestructura energética y de transporte. Países como Polonia, la RDA y Checoslovaquia transformaron radicalmente su paisaje urbano mediante vastos barrios de bloques prefabricados y proyectos industriales de gran escala. En Cuba, en cambio, aunque hubo proyectos puntuales conjuntos de viviendas prefabricadas, escuelas en el campo o algunas iniciativas industriales, nunca se alcanzó una escala constructiva comparable, y las principales ciudades conservaron en gran medida el tejido urbano anterior a 1959. En este respecto, el socialismo cubano, que sí produjo cambios radicales en el plano político y social, fue paradójicamente conservador.

          Rojas pierde de vista, además, otro aspecto fundamental de la modernización socialista, que la distingue de otras modernizaciones. Me refiero a la nueva clase que decía Milovan Djilas: la formación de una élite que, aunque no posee legalmente los medios de producción, ejerce un control efectivo sobre ellos a través del Partido y el Estado. La nacionalización casi absoluta de la economía, la expansión de la administración pública y la centralización del poder bajo el Partido Comunista de Cuba y las Fuerzas Armadas Revolucionarias produjo una capa de cuadros, funcionarios, administradores y mandos militares que gestionaban los recursos y acaparaban los principales cargos del aparato estatal. Rojas destaca la amplitud de los “derechos sociales” (p.126) de los cubanos, escamoteando esa estratificación basada en el acceso al poder político más que en la propiedad privada, que resulta análoga, como en la Unión Soviética y los países de Europa del Este, con una estructura cuasi estamental. 

         Otro momento significativo de la normalización del castrismo en esta Breve historia de Cuba se encuentra en la afirmación de que, a propósito de la reforma constitucional de junio de 2002, “el establecimiento del ‘socialismo irrevocable’ fue aprobado por ocho millones de personas en un referéndum” (p. 143). ¿Cabe llamar referéndum a un proceso donde no hubo urnas, voto secreto ni conteo electoral nacional? Aquello no fue un referéndum; fue una campaña de recogida de firmas organizada por el gobierno y ejecutada por “organizaciones de masas” como los CDR, en la que la gente, amedrentada por el temor a las consecuencias que no hacerlo pudiera traerles a ellos y a sus familiares, firmaba en barrios, escuelas y centros de trabajo, como antes, en 1996, tras la aprobación de la Helms–Burton, habían firmado para refrendar la “Ley de Reafirmación de la Dignidad y la Soberanía Cubanas”, y en 1997, la llamada “Declaración de los Mambises del Siglo XX”.

        En este último documento aparece, una vez más, la oposición castrista entre una República marcada por la limitación de la soberanía y una Revolución que la realiza por primera vez. Ese mismo esquema se advierte en un curioso pasaje de “La honda de David”, uno de los ensayos reunidos en el recién editado libro José Martí: la invención de Cuba. Escribe Rojas: “Durante la República, soportamos la limitación constitucional de la soberanía por más de treinta años y luego permitimos todo tipo de injerencia económica y política. Con la Revolución, la dignidad nacional se elevó a un plano insospechado y la soberanía alcanzó, quizá por primera vez, un status verdadero. Pero una revolución radical en términos sociales, como la cubana, no deseaba permanecer ingrávida en plena guerra fría y se adhirió al bloque soviético.” (Verbum, Madrid, 2025, p. 45).

       Al presentar la adhesión al bloque soviético como una consecuencia casi natural de una coyuntura geopolítica, Rojas responde, implícitamente, a la pregunta por las causas de ese “corrimiento hacia el rojo” que, desde los comienzos de la historiografía sobre la Revolución cubana, ha marcado el debate, alineándose más cerca de Philip S. Foner y, en buena medida, de Jorge Domínguez quienes atribuyen la radicalización comunista en gran parte a la hostilidad estadounidense que de Hugh Thomas, para quien obedeció más bien a un cálculo político de Fidel Castro para perpetuarse en el poder. En otros dos libros imprescindibles sobre aquellos años, The Rise and Decline of Fidel Castro: An Essay in Contemporary History (University of California Press, Berkeley, 1972), de Maurice Halperin, y La lune et le caudillo (Gallimard, París, 1989), de Jeanine Verdès-Leroux, el examen de la sucesión de los hechos conduce a concluir que, en palabras de esta última, “se trató de una política buscada, escogida, y no de una reacción a las actitudes norteamericanas: la decisión importante por parte de Estados Unidos —la reducción de la cuota azucarera— no se tomó hasta julio de 1960, en un momento en que ya la suerte estaba echada” (p. 215, traducción mía).

       Nada de esto pertenece al registro de la propaganda.  

 

 

 

 

jueves, 10 de julio de 2025

Antonio José Ponte: crítica literaria al minuto

 

 

       “Seremos leídos, es decir, vigilados”, afirmó Ponte en una entrevista realizada en 2009 (La vigilia cubana. Sobre Antonio José Ponte, Beatriz Viterbo, Rosario, 2010, p.264). Pero no le ha sentado bien que yo haya releído sus polémicas con Alberto Garrandés y Amauri Gutiérrez Coto, trayéndolas a colación para evidenciar la inconsecuencia entre sus posiciones de entonces y las que ahora asume ante mi crítica a su desatinada lectura de Los años de Orígenes. Polemizaba él con aquellos, sosteniendo la necesidad de la argumentación rigurosa, sólo porque defendían al castrismo, o actuaron a su servicio, dice Ponte, y como ninguno de esos dos es mi caso, este tipo de polémica razonada no vale la pena.

       Peca, de nuevo, de mala memoria, o, más bien, de mala fe. ¿No reseñó muy críticamente el libro de Enrique Saínz sobre la poesía de Virgilio Piñera en una revista habanera (“Reclamaciones equivocadas a Virgilio Piñera”, Extramuros, enero-abril, 2002), cuando el autor, si bien repetía en buena medida la lectura de Vitier, no ofrecía argumentos a favor del oficialismo? ¿No dijo del grupo Diáspora(s), muchos años después, que “No plantaron batalla. Ni Rolando Sánchez Mejías ni Carlos Alberto Aguilera, que eran sus dos probables polemistas. Y les faltó pelear contra alguna figura, donde pudieran lucirse”(Edición facsimilar, Linkgua, Barcelona, 2013, p.95), desconociendo la polémica de Rolando Sánchez Mejías con Abel Prieto, entonces Ministro de Cultura? ¿No se leyó con lupa las novelas de José Manuel Prieto, para criticarlas tras un seudónimo en las páginas de La Habana Elegante, en lo que viene a ser el caso más flagrante de competencia desleal que encontramos en el campo literario cubano del siglo XXI? Que Ponte se presente ahora como únicamente movido, en su escritura crítica, por la batalla contra el castrismo, mueve a risa.

        Ponte reduce mi trabajo de crítico literario a la “sociología de la literatura”. Vamos a ver; hay, al menos, dos formas de entender la sociología de la literatura. Una es, digamos, estricta; es la que encontramos en el libro homónimo de Roger Escarpit. Comprendiendo la literatura como un fenómeno  social, Escarpit distingue tres polos: el autor, entendido como productor; la obra, como producto; y el público, como consumidor. Se interesa por los medios de difusión, la sociología del lector, el mercado editorial… Puede vérsele, en parte, como un precursor de Pierre Bourdieu, un teórico mucho más complejo e importante; sin ser propiamente marxistas, ambos están influidos por la tradición del materialismo histórico. Mi “sociología de la literatura” evidentemente no es esta: ni analizo yo lectores -hablamos de lectores anónimos, no de los que escriben sobre las obras, que son ya críticos literarios- o redes de distribución, ni informan mis trabajos de crítica literaria principios marxistas. (Aunque creo que la lectura de la tradición marxista es, para un crítico, tan importante como la lectura de la tradición formalista; de hecho, si conocieran bien aquella, mis adversarios habrían entendido mejor “La opereta cubana en Julián del Casal”.)

       Mi “sociología de la literatura”, si la hay, es más mestiza, y autóctona. En el prólogo a Malos tiempos para la lírica. Ensayos sobre literatura cubana, rechacé ya esa crítica fácil que ahora lanza Ponte, repitiendo a mis contrincantes de Rialta, quienes repetían a su vez a Jorge Luis Arcos en Kaleidoscopio. La poética de LOrenzo García Vega, quien reciclaba entonces, como demuestro en uno de los escritos  recopilados en este libro de Casa Vacía, nociones origenistas; en ese prólogo, decía, yo recordaba “El estilo en Cuba y su sentido histórico”, el ensayo que Mañach leyó en ocasión de su entrada a la Academia Nacional de Artes y Letras en 1943, como una alternativa no marxista al llamado "sociologismo", un modelo para una crítica interesada en los vínculos entre ideología y literaratura que no tendría por qué concentrarse, exclusivamente, en el contenido de las obras. “Está claro -escribí- que en la literatura el mundo de las ideas no es abstracto, tiene un cuerpo; el texto no debe reducirse a “envoltura material del pensamiento” (como definían al lenguaje en los manuales de marxismo), pero la literatura, a diferencia de la música, no vive al margen de las ideas. Para mí, la literatura es y no es autónoma, y reivindicar su absoluta autonomía, su trascendencia de todo lo que con ligereza mis críticos llaman “sociología”, es tan empobrecedor como comprenderla, como hacía la ortodoxia marxista, como una simple manifestación de la “conciencia social”.”(Malos tiempos para la lírica, Casa Vacía, 2018, p.6)

         Ponte incurre ahora en una nueva contradicción al señalar, por un lado, como una limitación el hacer “sociología de la literatura”, y por otro rehuir una polémica sobre un texto que él mismo calificó como “un extenso ensayo” (El libro perdido de los origenistas, p.82), por el sólo hecho de que este no ofrece un servicio directo a la dictadura cubana. Parecería, entonces, que quien está totalmente determinado por todo lo exterior al texto en sí -las instituciones, la UNEAC, etc.-, es el propio Ponte. Él exagera hasta el absurdo el hecho de que la crítica de Vitier a la República redundara en beneficio del castrismo, mientras que la de García Vega no. Esa diferencia sería, en su percepción, tan mayúscula que lo exime a él de toda responsabilidad, como lector de Los años de Orígenes y de El oficio de perder, autor del primer ensayo escrito sobre aquel y del prólogo de este, de reparar siquiera en el asunto. Como García Vega no fue diputado a la Asamblea Nacional, su visión de la República, por cónsona que sea con la doctrina castrista, no merece atención alguna. Garrandés, por haber estado supuestamente “siempre al servicio de la censura”, merece todo el escrutinio de que se libra García Vega, aun cuando está claro que lo turbio que pudiera haber habido en la ejecutoria de aquel como jefe de redacción de la sección de narrativa de la editorial Letras Cubanas en los años noventa es una nimiedad, comparado con la visión de la historia de Cuba que ofrece García Vega no sólo en Los años de Orígenes sino también en El oficio de perder, libro donde, tres décadas después, reencontramos, sistemática y consistente, esa misma idea jacobina de la tradición nacional y de la República -un ancien régime tan decadente que justifica, en gran medida, lo que vino después-, idea en cuyo reverso está, en palabras de García Vega que Ponte pasa siempre por alto, “aquel deseo de que “la aventura espiritual de Orígenes pudiera estar unida a una realidad revolucionaria”.

       Si hablamos de instituciones y de ortodoxia castrista, habría que recordar, también, que García Vega trabajó, cuando todavía se llamaba Centro Cubano de Investigaciones Literarias, en el mismo Instituto que, décadas después, empleó a Garrandés, y escribió en esos años ensayos tan cercanos a la perspectiva revolucionaria, si no más (tendría que revisar el libro de Garrandés sobre los cuentos de Piñera, que no tengo a mano), que los de este: reléase bien “La opereta cubana en Julián del Casal” (no como hace Ponte, a quien se le escapa el quid del ensayo: afirma que “Lezama propuso el descoyuntamiento como posibilidad de apropiación del XIX y García Vega se acoge a esa posibilidad”(El libro perdido de los origenistas, p.69), cuando lo cierto es que García Vega rompe tácitamente con Lezama en ese ensayo, en lo que viene a ser su declaración de independencia del Maestro); reléase “Miguel de Carrión en la metáfora”, y se encontrará en esos escritos una notable consonancia con la ideología marxista-leninista que por entonces cobraba fuerza, impulsada desde las instituciones oficiales del nuevo régimen.

       Nueva paradoja: Antonio José Ponte, que no parece tener en gran estima a la “sociología de la literatura”, ha canonizado a un libro que, como pocos en la tradición cubana, y desde luego mucho más que cualquier obra de Cintio Vitier, resulta “sociología de la literatura”; el método de Paul Goodman, que García Vega intenta, con escaso éxito, adoptar en su lectura de poetas cubanos como Regino Boti y Agustín Acosta, Casal y Lezama, es “sociología de la literatura”; su visión de La Habana Elegante, de la vanguardia cubana, del origenismo y, en última instancia, de prácticamente toda la tradición literaria cubana como expresión de una clase social decadente -la pequeña burguesía cubana-, es “sociología de la literatura”. Ponte cae, de nuevo, en la misma contradicción que les señalaba yo a los de Rialta: quienes criticaban mi supuesto "positivismo", defendían a alguien que leía una revista tan literaria como Espuela de Plata en función exclusiva de un contexto no ya político sino económico: la caída del precio del azúcar que, como señalo en “La invención de Lorenzo García Vega. Historia, crítica e interpretación”, había ocurrido, para más inri, dos décadas atrás. 

      Todo esto que a Ponte se le escapa, yo lo señalo; pero él, quien ha hecho de la sofística una práctica habitual, me tacha de no ser un “lector agudo”. Ponte cae, de nuevo, en ese tipo de razonamiento circular que los antiguos llamaron petitio principii, una falacia lógica donde se da por sentado lo que se debería probar. Su aseveración de que no soy “un lector agudo” es equivalente a aquella, hace cinco años, de que de literatura no sé ni “donde estoy parado", que es, como entonces señalé, homóloga de la aseveración, en el Diccionario de la lengua suelta, de que la incursión de Ronaldo Menéndez en el policial “no resulta convincente”(p.632), o de que las novelas de Ena Lucía Portela “abundan en sueltas alusiones literarias, si bien acogidas al modelo del Julio Cortázar novelista, tan postizo y esnob”(p.668). Aseveraciones todas tan rotundas como indemostradas. Así como Ponte, si fuera un crítico literario serio, debió haber reseñado Las bestias o Río Quibú, La sombra del caminante o Djuna y Daniel; debió haber reseñado Límites del origenismo, La revolución congelada o Días de fuego, años de humo, libros que tratan, por cierto, de temas que él ha abordado (Orígenes, el cruce de estética y política en el mediodía revolucionario, la ruina habanera…)

       Ponte tendría, ahora, que detenerse más en estos textos míos sobre lo que llamo “la invención de García Vega” para demostrar mínimamente que no soy un “lector agudo”. Objetar que me concentro sólo en tres autores, no en todos los otros que han comentado la obra de García Vega no vale, porque es indisputable que los tres autores en que me concentro son los que han sentado la pauta de lectura de García Vega, su canonización en la tradición cubana (los lectores argentinos podrán apreciar los minicuentos de García Vega y otros textos suyos, pero no creo que estén en la mejor posición para comprender un libro como Los años de Orígenes, y el culto a García Vega que yo analizo procede, obviamente, de ahí. (“Recuerdo la mañana clara y luminosa en que Rubén me pasó las fotocopias del ensayo “Por los años de Orígenes” de Ponte, publicado en un número especial de Unión dedicado al Cincuentenario de la revista. Aún hoy perdura el impacto de aquella lectura”(La vigilia cubana, p.250), escribe Mónica Bernabé, una de las estudiosas argentinas que se ha acercado al tema Orígenes a partir de la lectura de Ponte.) 

       Ponte tendría, entonces, que señalarme errores y desenfoques, como hizo con Gutiérrez Coto, lo cual requeriría, en este caso, volver a “Por Los años de Orígenes” y a su prólogo de El oficio de perder, escritos que yo cuestiono de forma razonada. Su aseveración circular de mi falta de agudeza como lector es su única forma de “escaquearse”, como dirían los españoles; una fuite en avant. Ponte no quiere volver a aquellos textos suyos, quiere pasar la página “García Vega”; ahora Nitza Villapol y Juana Bacallao parecen despertarle más interés que aquel cuyas memorias calificó de “excelentes”. (Esas memorias, por cierto, han sido recientemente reeditadas; animo a los interesados en esta polémica a leerlas y juzgar la validez de ese juicio de Ponte). He aquí, entonces, la diferencia entre Ponte y yo: Ponte dice que "no me tiene por lector agudo. Ni siquiera por buen lector"; yo demuestro en "La invención de Lorenzo García Vega. Historia, crítica e interpretación" que él es un pésimo lector. Si la célebre advertencia que le hace Sócrates a Gorgias en el diálogo homónimo se resume en que “la condición de todo diálogo es comprometerse a pensar lo que se dice, a no hablar contra lo que se piensa, a no decir una cosa y a la vez la contraria” (José Luis Pardo, Estudios del malestar, Anagrama, Madrid, 2016, p.177), Ponte rompe las reglas del justo diálogo al recurrir, una y otra vez, a argumentos de autoridad, manifiestas contradicciones y afirmaciones de mala fe. “Destruyes, Calicles, las bases de la conversación, y ya no puedes buscar la verdad conmigo si vas a hablar contra lo que piensas”(495a), leemos en el Gorgias, y donde dice Calicles bien podríamos poner Ponte.

       Como sofista que es, no busca Ponte la verdad sino el éxito retórico; para ello, enreda y se enreda, acude una y otra vez a la tergiversación de la tesis de su oponente. Ahora sigue insistiendo en que mi “matraca” es decir que García Vega es un escritor menor cuando, para cualquier lector de La invención de García Vega. Anatomía de un mito literario, será evidente que eso es una cuestión muy secundaria. Mi “matraca” es que 1) como ya he mencionado, García Vega ofrece una imagen caricaturesca, fundamentalmente falsa, de la que llama “seudorrepública”, 2) Los años de Orígenes no es, como se ha dicho, una crítica original del origenismo, en tanto repite la crítica de Lunes de Revolución, 3) Los años de Orígenes -conjuntamente con los demás ensayos de García Vega- escamotea toda una parte fundamental de la tradición cubana -la de los plebeyos o “proletarios”, que incluye a autores como Novás Calvo, Piñera y Cabrera Infante. Así expreso este último punto en “La invención de Lorenzo García Vega. Historia, crítica e interpretación”: “Al desconocer esa otra tradición, él deja sin cuestionar un aspecto central de la poética origenista, y al no reconocer esta maniobra suya, al aceptar en su totalidad su sesgada visión del origenismo, Ponte reproduce la parcialidad de García Vega, su forzada (e interesada) reducción de la tradición literaria cubana a lo “venido a menos”.(La invención de García Vega, Casa Vacía, 2025, p.148)

        Aquí, por cierto, convendría hacer un excurso, porque es posible que Ponte no repare en ese borrado de media tradición cubana por parte de García Vega no ya sólo por su falta de agudeza crítica, sino también, acaso, porque él es en buena medida el último exponente de la línea patricia que, aunque critica, García Vega no deja de magnificar. El ensayo “A propósito de un plato antiguo”, en El libro perdido de los origenistas, ofrece, a propósito, una clave importante para entender cómo Ponte, en aquellos años en que era una promesa de la literatura cubana, veía su futura posición dentro del canon nacional. Así como, según apunta Ponte, el ensayo de Lezama sobre Casal no es sobre Casal sino más bien sobre el propio Lezama (“una puesta en claro de las posibilidades de su autor José Lezama Lima, una pregunta al montón de cenizas por su secreto: en qué momento se volverá cristal, qué hará falta para ello.”(El libro perdido de los origenistas, p.71), este ensayo de Ponte no es sólo sobre Casal sino también sobre el propio Ponte. El “plato antiguo de bronce dorado con alas de mariposa debajo de un cristal”(p.72) que había en casa de sus abuelos paternos e iban a dárselo cuando se hiciera adulto, es un emblema de ese imaginario burgués que Ponte comparte con García Vega, de lo “venido a menos”, un venir a menos que, si ya existía en tiempos de la República, no hizo sino acentuarse durante la época revolucionaria.

      Pues bien, si lo que caracteriza a aquella otra tradición negada por el origenismo y también por ese crítico parcial del origenismo que es García Vega es la entrada del vernáculo en la literatura cubana -es justo eso, la imposibilidad de captar el lenguaje coloquial, uno de los “límites del origenismo” que exploré en mi libro sobre el tema-, una lectura atenta de la obra narrativa de Ponte (que quedará, acaso, para otro ensayo futuro) revelará que él se esfuerza por incorporar ese lenguaje desde un imaginario cercano al origenista, pero fracasa estrepitosamente, en particular en Contrabando de sombras mas también en algunos de los relatos de Cuentos de todas partes del Imperio. En sus trabajos narrativos, Ponte intenta, de cierta forma, conciliar las dos tradiciones, superando ese límite fundamental del universo literario origenista, pero no lo consigue; el resultado del esfuerzo, en lo concerniente al uso del lenguaje coloquial, es tan desafortunado como en la trilogía novelística de Vitier.

       Ponte dice que mis “virtudes críticas” se reducen a la “sociología de la literatura”. Yo digo que sus virtudes críticas se reducen a… prácticamente nada. Insisto: Ponte carece de obra de crítico literario: sus ensayos más importantes -a saber, “Las comidas profundas”, “Un seguidor de Montaigne mira a La Habana” y La fiesta vigilada-, nada tienen que ver con la crítica literaria. En cuanto a El libro perdido de los origenistas, el propio autor lo reconoce: “ejerzo menos la crítica literaria que la biografía. Evito, así, el comentario literario de televisión que narra la jugada como si los televidentes estuvieran escuchando radio” (p.12) La metáfora es, por cierto, no sólo impropia, porque el lector, a diferencia del espectador televisivo de fútbol, no tiene frente a sí la obra en cuestión, de modo que la crítica y su objeto no son nunca simultáneos, sino además reveladora de ese cierto desdén de Ponte por la crítica literaria propiamente dicha. Esta es, por fuerza, comentario sobre las obras, y hay que meterse en ellas, sudar, ensuciarse las manos. Cuando Sebald, por poner un ejemplo que habrá de satisfacer a los que desconfían de la “sociología de la literatura”, hace una crítica acérrima de la literatura alemana de la posguerra, de esa laguna que él advierte en el tratamiento de los bombardeos aliados a las ciudades alemanas, no hace nunca el tipo de aseveraciones gratuitas que caracterizan a Ponte. Sebald discute en detalle la obra de escritores como Hermann Kasack, Hans Erich Nossack y Peter de Mendelssohn; su crítica, en particular a este último, es muy severa, pero está siempre fundamentada. El autor se ha tomado el trabajo de pensar lo que dice, y es justo eso lo que lo diferencia de un sofista como Ponte.

      Escritos ocasionales, como Envidiar a Padura: un alejamiento”, “Padura, lectura de piscina de GAESA”, o sus notas de Facebook a raíz de algún que otro artículo de Padura en El País, son, ciertamente, textos merecidos, incluso necesarios, pero no por ello dejan de resultar, por usar una palabra que Ponte ha reservado para aquellos que considera literariamete inferiores a él, la obra de un “opinador”, no de un crítico literario serio. Sus páginas sobre García Vega, como he demostrado en un escrito que no ha sido refutado, están llenas de pifias y despropósitos. Piñera es, posiblemente, el segundo autor al que ha dedicado más páginas. Pues bien, ¿qué ha dicho, que no hayan dicho otros, Ponte de La isla en peso, de Aifre frío, de "La gran puta", de Dos viejos pánicos? Y eso, cuando escribió sus dos ensayos sobre Piñera -"La lengua de Virgilio" y "La ópera y la jaba"- era en su apogeo como escritor; en su decadencia, que dura ya veinte años, ha aportado menos aún. Insisto: alguien que regala algún elogio a una novela de Wendy Guerra mientras niega todo mérito a las de Ena Lucía Portela carece de autoridad para poner en duda el "gusto literario" de otros. Ponte, sencillamente, no tiene madera de crítico literario, como no tiene madera de novelista. Le falta calado, empeño, fondo.  Lo suyo es ersatz: Antonio José Ponte es a la crítica literaria lo que Nitza Villapol a la cocina cubana: sus conatos de crítica literaria -coyunturales, apresurados, vanos, inconsistentes- podrían ser recogidos bajo el rubro de “crítica literaria al minuto”. Y así como este libro, el famoso de Villapol, “fue haciéndose cada vez peor”(La lengua suelta, p.720), la crítica de Ponte se ha ido haciendo cada vez peor.

       Curiosamente, en el Gorgias Sócrates compara a la sofística con la cocina. No deja de ser sabroso, entonces, que Ponte -el sofista- haya terminado escribiendo un libro sobre Nitza Villapol, uno que se llamaba Libro de una sola mano de Nitza Villapol (Guillermina de Ferrari, “Sobre Eros y tumbas”, en Contrabando de sombras, Bokeh, 2018, p.177) y ha pasado a titularse Nitza. Retrato malo, si no es que ha cambiado ya de nombre. Porque lleva años anunciándolo y no acaba de salir: afirmó, en 2020, que estaba ya concluido, y en 2021, que estaba ya en proceso de edición. Entiendo, a la postre, que Ponte no quiera polemizar con un crítico sociológico como yo, dedicado como está a sus altos empeños literarios, que no escriba ahora unas “Reclamaciones equivocadas a Lorenzo García Vega” como escribió, hace casi un cuarto de siglo, aquellas “Reclamaciones equivocadas a Virgilio Piñera”. Que use mejor ese tiempo para terminar su cacareado libro sobre Nitza Villapol.