sábado, 21 de marzo de 2026

Más sobre Breve historia de Cuba, de Rafael Rojas

 

      No me sorprende que Rafael Rojas llame “diatriba” a mi crítica de su Breve historia de Cuba. Hizo lo mismo con mi reseña de La vanguardia peregrina, por allá por 2014. Entonces, repliqué señalando la diferencia entre una crítica y una diatriba; ahora la reitero: la diatriba pertenece al registro de la invectiva personal y de la descalificación retórica; la crítica, incluso cuando sea dura, se sostiene en argumentos verificables y en el análisis del texto en cuestión. Señalar errores factuales y de interpretación, inconsistencias argumentativas o incluso deficiencias de redacción forma parte del ejercicio tradicional de reseñar libros. Las cuatro recensiones que he escrito de libros de Rojas -la mentada sobre La vanguardia peregrina, y además las de Historia mínima de la Revolución Cubana y de La polis literaria-, se mantienen, claramente, dentro de los límites legítimos de la crítica.

         De esos libros he dicho, sí, que son libros malos, pero además lo he argumentado pacientemente. Como lo he hecho, por poner otro caso de un autor que cuenta, como Rojas, con una considerable reputación, con los libros de Leonardo Padura. Mi ensayo sobre este último comienza así: “La prosa es mala; muchos los estereotipos y clichés; la crítica de lo que, retomando un tópico de las primeras décadas de la República, podríamos llamar la “crisis cubana”, siempre fuera de foco.” Y dedico a continuación muchas páginas a demostrar esos juicios, con abundantes citas de los libros de Padura, y sin argumentos ad hominem. ¿Cree Rojas que este ensayo es también una diatriba? Cualquier lector puede fácilmente advertir que no estoy descalificando a uno ni al otro, sino valorando sus obras, las cuales han sido dadas a la imprenta. La reputación de los autores es, en este punto, del todo irrelevante. Puede Padura ganar mañana el Premio Cervantes, puede Rojas ganar todos los premios de ensayo que existan en el mundo hispánico; seguiré teniendo el derecho a criticar sus libros, y atribuir esa crítica a un intento deshonesto por desacreditar a autores con quienes tengo discrepancias de ideas seguirá siendo una falacia.

           Rojas sostiene que me disgusta “el enfoque aplicado a Breve historia de Cuba” (entiendo que se refiere al enfoque aplicado a la historia de Cuba en su Breve historia de Cuba), pues prefiero la propaganda anticastrista, pero en vez de debatir mis diferencias con ese “enfoque” suyo más profesional, me “mantengo en el plano positivista”, inventando errores factuales que su libro no tiene. Esto es, obviamente, una tergiversación de mi reseña. Por un lado, el libro tiene más errores e imprecisiones de los que apunté en mi reseña. Por el otro, aunque señalo que se concentra demasiado en la historia de acontecimientos, admito que ello quizás sea inevitable en una “breve historia”; mi crítica, a este respecto, apunta, por un lado, la incoherencia de incluir la parte material sólo en el capítulo sobre la Cuba precolombina, y, sobre todo, que la selección de los hechos es, a lo largo de todo el libro, desafortunada, en tanto da espacio a cosas nimias, innecesarias, como la fecha de nacimiento de Frank País y el nombre de la ministra Marta Elena Feitó Cabrera, mientras omite otras importantes, como la creación de la moneda cubana en 1914 y el canje de moneda en 1961. Y, señalo, mucho antes de llegar a la cuestión de la normalización del castrismo, que es donde habría una diferencia de opinión que daría margen al debate, otro punto importante en mi valoración de este libro: está mal escrito.

         Rojas repite que me “molesta” o me “irrita” que él escriba tal o más cual cosa; nada más lejos de la realidad. No me molesta que Rojas escriba: “los taínos fueron tejedores: con el arique de las yaguas trenzaban cuerdas, tejían jabas y sacos con la hoja de bijao y el tallo del maguey (…), cocían (sic) las hamacas de sus bohíos” (p.17). Me parece, eso sí, una imprecisión múltiple: los taínos practicaban la cestería y el trenzado de fibras vegetales, pero, evidentemente, no cosían sus hamacas: coser implica unir pedazos de tela y ellos no conocían la tela justo porque no eran, a diferencia de los indígenas andinos y mesoamericanos, propiamente tejedores. Las fibras del maguey, usadas para fabricar cordajes, se obtienen de las hojas, no del tallo de esta planta; las hojas del bijao, flexibles pero no fibrosas, parecidas a las de las matas de plátano, se usan para envolver alimentos, no para trenzar ni mucho menos para tejer. 

        No me molesta que Rojas escriba que “2015 fue un año fascinante en la historia contemporánea de Cuba. Pareció anunciar el cambio de época que mencionaban Barack Obama y Raúl Castro, pero terminó siendo más semejante a una resaca que devuelve la corriente mar adentro” (p.163) Me parece, eso sí, una oración muy poco lograda: el adjetivo mal usado; la metáfora pobre y redundante. En la página 13: “Las estadísticas oficiales y los estudios académicos más rigurosos, dentro y fuera de la isla, describen un país que pierde población aceleradamente, cuyo producto interno bruto decrece, su pobreza y su desigualdad aumentan y la situación de los derechos civiles y políticos empeora (…)”. En la 57: “Dulce trató de combinar la contrainsurgencia enviando a Blas Villate de la Hera, conde de Valmaseda, contra Bayamo con cierta flexibilidad por medio de la libertad de imprenta, la promesa de amnistía y algunos amagos de negociación con los camagüeyanos (…)”. En la 106: “El 13 de marzo de aquel mismo año, el Directorio Revolucionario, unido a importantes líderes del autenticismo como Menelao Mora y Carlos Gutiérrez Menoyo, asaltaron el Palacio Presidencial (…)” En la 139: “El Periodo Especial comenzaba a pasar factura al Estado cubano a través del segmento de bajos ingresos, que no se beneficiaba de la tímida reforma y poco a poco quedaba al margen de la seguridad social estatal”. En la 140: “Familias enteras encima de un tablón sobre cuatro llantas de goma se adentraban a nado en las aguas del estrecho de la Florida”.  En la 125: “El Congreso terminó reiterando a Fidel Castro como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba.” En la página 153 escribe Rojas: “Justo en el verano de ese año, 2006, una diverticulitis intestinal había provocado una hemorragia (…) que puso a Fidel Castro al borde de la muerte”, cuando ya en la 149 había escrito: “Pocos meses después, Fidel Castro sufrió una hemorragia intestinal en un vuelo de Holguín a La Habana”. Cada vez que menciona a Varona, Rojas le llama “el filósofo y pedagogo Enrique José Varona” (pp.74, 79), como si el lector no tuviera memoria.

         No es molestia ni irritación, ni sorpresa alguna, lo que me suscita la lectura de este libro, sino la exigencia intelectual de someterlo al análisis crítico que merece, de señalar sus muchas deficiencias. Mi reseña -y aquí se repite, de nuevo, un patrón del pasado- abunda en citas del autor; la réplica de Rojas apenas contiene citas. La razón es obvia: me atribuye una y otra vez cosas que no he dicho. (Esto tampoco me sorprende, pues ya en nuestra primera diferencia pública, a propósito de “Pequeña historia de Cuba”, Rojas citó una frase mía eliminando las comillas que yo había puesto en una palabra, tergiversando así deliberadamente el sentido de mi crítica al poema de Eliseo Diego.) Ahora dice Rojas que yo sostengo que “el término contrainsurgencia para aludir a las campañas militares realistas en Cuba, entre 1896 y 1897, es inadecuado”. Esto es lo que yo escribo en mi reseña: “En el primer capítulo del libro, Rojas llama a la lucha de los españoles contra Hatuey, “contrainsurgencia” (p.20). El término resulta, a todas luces, inadecuado: el célebre cacique taíno encabezó la resistencia indígena a la conquista, no una insurgencia contra un poder político previamente constituido.” La triquiñuela de Rojas es evidente: para no reconocer que su uso del término es, desde luego, impropio (¡Hatuey un insurgente!), él desvirtúa mi crítica; si yo he dicho que “contrainsurgencia” es inadecuado para Valeriano Weyler y no para Diego Velázquez, entonces soy yo, no él, quien se equivoca. ¿Cree Rojas que los lectores somos tontos?  

        En una manipulación aún mayor incurre cuando me atribuye la frase siguiente: “quien renunció fue Fidel”. Primero, yo nunca escribo “Fidel” -a menos que sea así, entre comillas-, sino Fidel Castro. Mis palabras textuales son: “Lo cierto es que Castro renunció primero (…)”. Rojas, señalando ahora de refilón que es renuncia fue “artificiosa”, recurre al “donde dije digo, digo Diego”. Pero lo escrito, escrito está: afirmar que “ambos líderes amenazaron con renunciar hasta que lo hizo el más débil de los dos, el presidente Urrutia” (p.108), es históricamente inexacto; en mi reseña remití al relato de los hechos que hace Hugh Thomas, pero también cuenta eso muy bien, desde la perspectiva opuesta, Luis María Buch, que fue ministro de la Presidencia entre 1959 y 1962. (Luis M. Buch, Reinaldo Suárez, Gobierno revolucionario cubano. Primeros pasos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009, pp.124-135, 201-214).

        Por mucho que ahora quiera marear la perdiz, la versión del llamado “gran debate” sobre la economía de mediados de los 60 que da Rojas es errónea. No he leído El árbol de las revoluciones, pero en el libro que reseño en esta ocasión se afirma que “el flanco prosoviético” enfatizaba, frente a Guevara, la “planificación central” (p.113). Ello es, sencillamente, falso. Fue el argentino, entonces al frente del Ministerio de Industrias, quien defendió la planificación socialista y los estímulos morales, mientras la otra parte se decantaba por los estímulos materiales y la autogestión de las empresas. La intervención de dos renombrados economistas europeos otorgó, por cierto, a la controversia mayor trascendencia, inscribiéndola en los grandes debates en el interior del movimiento comunista: el trotskista Ernest Mendel estaba del lado de Guevara, mientras Charles Bethelheim, más cerca del estalinismo, polemizó con el comandante, que organizaba por esos años un grupo de estudios de El capital en el Ministerio de Industrias. Los radicales cubanos no se oponían, sin embargo, tanto al estalinismo en sí como al reformismo imperante en la URSS desde 1962, que sostenía la idea de que, en tanto todavía existen en la fase socialista mercancías, precios y salarios, la “ley del valor”, aquel principio que Marx explicara en el libro primero de su magna obra sobre el capitalismo, sigue operando parcialmente.

        Partidario de lo que llamaban “sistema presupuestario de financiamiento”, Guevara planteaba, por su parte, que esa ley no debería ser un regulador de la economía socialista, porque ello reproduciría la ideología burguesa. La autogestión de las empresas tendría como consecuencia el aumento de la burocracia, y esta era justo una de las bestias negras del proyecto radical que alcanzó su apogeo en 1967: la campaña contra el burocratismo buscaba poner a los cuadros de dirección “lo más cerca posible de la producción” para desarrollar en ellos la “conciencia comunista”. En los editoriales publicados por Granma del 5 al 12 de marzo del 67, el burocratismo, síntoma de la separación del trabajo intelectual y el trabajo manual, era presentado como una herencia del capitalismo dentro del estado revolucionario que debía ser combatida: “Si permitimos que supervivan en la organización y el desarrollo de nuestra economía categorías propias del sistema capitalista, si nos entregamos al camino más fácil y utilizamos el interés material como palanca propulsora de la construcción socialista, si la mercancía se mantiene como la célula económica, si la presencia del dinero se mantiene omnipotente dentro de la nueva sociedad, entonces el egoísmo y el individualismo continuarán siendo los que predominen en la conciencia de los hombres y no lograremos la formación de un hombre nuevo.” (Cuba: una revolución en marcha, Ruedo Ibérico, París, 1967, p.175.)

        Ahí estaba, en el dinero, el límite mismo del capitalismo; siendo, en cierto modo, la forma última de la propiedad, aquello que persistía cuando todo lo demás había sido nacionalizado, su abolición marcaría el “gran salto adelante” desde el estadio socialista al comunista. K.S.Karol cuenta que Fidel Castro le dijo en 1967: “Óyeme, los chinos puede que estén haciendo experimentos interesantes, pero nosotros estamos tratando de ir mucho más lejos. El dinero sigue estando en el centro de su programa social, aunque intentan la igualdad, mientras que los rusos deliberadamente estimulan las diferencias de salario. Nosotros estamos tratando de deshacernos del mito del dinero, en lugar de reformarlo superficialmente.” (Guerrillas in Power, Jonathan Cape, London, 1971, pp.342-343. Traducción mía.) La idea era que, a la larga, el Estado pudiera distribuir gratuita y equitativamente la comida y la ropa a toda la población. Esos sitios de avanzada que eran la Isla de la Juventud y los “planes piloto” de San Andrés de Caiguanabo, Banao y Gran Piedra, donde la “revolución cultural” cubana se ponía a prueba, actuarían como modelos de lo que sería en un futuro no muy lejano todo el país, “focos” comunistas que irían acelerando la transición hacia el “reino de la libertad”. El propio presidente de la República, aquel Dorticós que sustituyó a Urrutia, le aseguró a Karol que en Cuba estaba a punto de construirse el comunismo.

          Sobre ese experimento, que dio en llamarse justamente “construcción simultánea del socialismo y el comunismo”, nada dice Rojas en su libro; él menciona el proceso a la “microfracción” (p.116), pero no explica su conexión indirecta con aquel debate económico ocurrido años atrás. Aníbal Escalante, el “histórico” líder comunista, y aquellos otros miembros del partido acusados de manifestar dudas, entre otras cosas, sobre el plan de los diez millones de toneladas de azúcar, no habían participado en el debate, pero, en un contexto en que, con el auge del voluntarismo guevarista, el modelo soviético era visto con creciente sospecha, fueron fácilmente presentados como culpables de esa desviación ideológica que se dio en llamar “economicismo”. En su libro Karol critica el hecho de que los acusados no tuvieron oportunidad de dirigirse al tribunal y fueron condenados sólo por delitos de opinión, lo cual distinguió a ese insólito proceso de los propios juicios de Moscú, donde, como sabemos, los acusados tuvieron que autoinculparse de gravísimos crímenes imaginarios; aun así, el asunto de la microfracción, como antes la campaña antiburocrática, cumplía la misma función de fortalecer el vínculo entre el pueblo y el líder que los procesos y purgas en el estalinismo. A la burocracia, comprendida como un rezago pequeñoburgués dentro de la sociedad socialista, Granma oponía, en aquellos editoriales del 65, el ejemplo de “Fidel”. “Hay que aprender de ese estilo nuevo. Es el estilo de trabajar sobre el terreno, de granja en granja, analizando cada problema hasta el detalle, orientando, discutiendo, conversando con los propios trabajadores, viviendo sus problemas y dificultades.” Justo ahí, en la cúpula misma del poder, el movimiento antiburocrático tenía su límite; la autoridad de Fidel Castro, en tanto encarnación del Partido y de la Revolución, estaba fuera de discusión.  

          Donde dije digo, digo Diego; ahora se baja Rojas con que la vicepresidencia del Consejo de Estado fue “mejor conocido (sic) como Ministerio de la Batalla de Ideas”. ¿Mejor conocido por quién? En su libro él habla de la “creación del Ministerio de la Batalla de Ideas” (p.146) y se refiere a Otto Rivero, en el momento de su truene, como “Ministro de la Batalla de Ideas”. (p.155) Un ministerio o existe o no existe. Lo que se creó el 13 de diciembre de 2004, como parte de aquella reorganización de la cúpula del Estado en los últimos años del liderazgo de Fidel Castro, fue un cargo dentro del Consejo de Ministros, no un ministerio. Afirma Rojas que yo doy “por terminada la Batalla de Ideas en 2002”; una vez más pillado en error, me atribuye algo que no he afirmado. Lo que escribí en mi reseña es que “el momento álgido de la susodicha batalla fue entre 1999 y 2002”. De hecho, en "Miseria de la Batalla de Ideas" (Rojas se refiere abundantemente a sus otros libros y ensayos; permítaseme entonces que recuerde este texto mío de hace dos décadas), comenté la última fase de la misma, la que se inició con el discurso de Fidel Castro el 8 de marzo de 2005, en que la prensa oficialista celebró la proclamación del fin del “período especial”.

        Rojas, por cierto, pierde el foco, en esta parte de su Breve historia de Cuba, cuando insiste en que “en la lógica de la Batalla de Ideas no había centro, mediación o tercera posición posible. La lucha ideológica y política era perfectamente binaria y a muerte.” (p.146), como si se tratara de una novedad y no de la “lógica” misma del castrismo, desde los años sesenta. El quid de aquella batalla que en su “Proclama al pueblo de Cuba” del 1 de agosto de 2006 el Comandante instaba a continuar, no está en el maniqueísmo sino en su carácter de pastiche tardío, de involuntaria parodia. La nostalgia de Fidel Castro por los tiempos épicos de su juventud no manifestaba, en las diarias comparecencias públicas de 2004 y 2005, otra cosa que su propia decadencia física y mental, paralelas a la del régimen. La escena del Comandante mostrándole una olla arrocera al filósofo Gianni Vatimo, televisada en 2004 en la “mesa redonda informativa”, venía a ser una versión ridícula de los diálogos entre Sartre y Castro narrados por Lisandro Otero en el periódico Revolución, una evidencia más de la insalvable distancia entre la Edad de Oro de la revolución y su fase decadente. Desaparecida la capacidad movilizadora del régimen, definitivamente perdido el entusiasmo, las marchas y manifestaciones en la “tribuna abierta antimperialista” carecieron del dramatismo de aquellas de los años sesenta; todo fue una comedia. De ahí que en vano buscaríamos en la Batalla de Ideas imágenes icónicas como las que dejaron el “Sexto Aniversario” (1959), la “Asamblea General” (1960) y la “Declaración del carácter socialista de la Revolución” (1961). El hecho mismo de que la batalla fuera de ideas –“la gran batalla se librará en el marco de las ideas y no en el de las armas” (La Batalla de Ideas. Nuestra arma política más poderosa, Editora Política, La Habana, 2003, p.30), dijo Fidel Castro en la clausura de la conferencia internacional Por el equilibrio del mundo no hacía sino revelar el carácter farsesco, ultrarretórico, del asunto. La verdadera batalla de la Revolución, la apasionada batalla guevarista, la gran batalla de la Cuba de los sesenta, no fue nunca una batalla de ideas, porque sin violencia revolucionaria o sin un cambio material que comportara una nueva experiencia del mundo físico, como en el proceso productivo, o un cambio de lugar, de posición, como en la campaña de alfabetización no había, no podía haber, transformación de la subjetividad, pasaje alguno al otro lado.

           A propósito de esta última campaña, Rojas tiene razón al apuntar que La historia me absolverá no puede ser considerado un documento fundacional del movimiento 26 de Julio (aunque no deja de ser irónico que él, que incurre en numerosos anacronismos a lo largo de su libro, como hablar de provincias cuando no se habían fundado siquiera las siete villas, se muestre ahora tan riguroso con la cronología), pero yo mencioné “otros documentos como el Manifiesto No. 1 al pueblo de Cuba”. Rojas replica que en Nuestra razón, de Mario Llerena, se habla de “alfabetización sistemática”. Insisto: hay una diferencia cualitativa entre la alfabetización o la extensión de la educación como objetivos sociales o cívicos, y una movilización como la campaña del 61. Presidida por una frase de Martí, la sección dedicada a la educación en ese manifiesto-programa afirma que la misma debe tener “algún contenido moral o filosófico”, pero que este contenido debe estar libre de “influencias religiosas o sectarias, las cuales pondrían seriamente en peligro las libertades democráticas.” (Mario Llerena, The Unsuspected Revolution, The Birth and Rise of Castroism, Cornell University Press, 1978, pp.294-295. Traducción mía) Entre este ideario pedagógico laico y nacionalista, que enfatiza la “implícita imparcialidad del estado democrático”, y las formas y el fondo de aquella campaña que fue vista, en un contexto de gran militarización, como una “batalla contra el analfabetismo”, hay más que una diferencia de grado. Brigadas juveniles, movilización nacional, uniformes y un manual con veinticuatro temas de “orientación revolucionaria”: nada de esto estaba previsto en los documentos del 26 de Julio. Más que con estos, la campaña del 61 es afín a la campaña soviética, leninista, conocida como Likbez, acrónimo de likvidatsiya bezgramotnosti, que significa “liquidación del analfabetismo”.

         Alega Rojas que no cree que el régimen producido “tras el cambio revolucionario en Cuba sea dictadura”, y que reclamarle que lo llame así equivale a pedirle que aplique “categorías” que no suscribe. Para defender un libro que da muestras abundantes de falta de rigor en todos los niveles, el autor de Breve historia de Cuba se aferra ahora al rigor teórico. Dictadura, dice, es para él “interrupción temporal de un orden constitucional previo”. Se trata de una concepción estricta de la dictadura, que no da cuenta de las formas de poder político propias del siglo XX. En Die Diktatur (1921), escrito en el contexto de la posguerra europea y de la Revolución de Octubre, Carl Schmitt distingue dos tipos de dictadura: la “dictadura comisarial” y la “dictadura soberana”. La primera consiste en una suspensión temporal del orden constitucional con el objetivo de defenderlo o restaurarlo: el dictador actúa como comisionado de la constitución existente y ejerce poderes extraordinarios para superar una situación de crisis sin alterar el fundamento del sistema político. La segunda, en cambio, no pretende preservar la constitución vigente, sino reemplazarla por otra, actuando en nombre de un poder constituyente que busca fundar un nuevo orden político. La revolución antibatistiana se presentó inicialmente como una empresa restauradora, no una dictadura comisarial en sentido estricto, pues no actuó como delegada de un orden constitucional vigente ni fue investida por una autoridad preexistente, aunque sí se legitimó invocando la Constitución de 1940 tras la ruptura provocada por el golpe del 10 de marzo. El abandono posterior de ese horizonte, expresado en la consigna de 1960 “¿elecciones para qué?”, marca el tránsito hacia una lógica distinta: el poder deja de referirse a un orden previo para erigirse en instancia constituyente y, en ese proceso, se configura como dictadura soberana.

        En Cuba lo que hubo, afirma Rojas, fue una “reconstitución del país de acuerdo con el modelo de los totalitarismos comunistas o de los socialismos reales”. Bien, ¿en qué página de Breve historia de Cuba se define como totalitario al régimen establecido en los sesenta y los sesenta? Al hacer la historia de ese proceso, Rojas omite hechos y momentos cruciales de los primeros años del período revolucionario, como la proclamación directa desde el jecutivo, sin parlamento ni referéndum, de la Ley Fundamental de la República de Cuba en febrero de 1959; la suspensión del habeas corpus en noviembre de ese año; el proceso de desarme que terminó por eliminar prácticamente la posesión civil de armas en un país que hasta entonces había tenido al respecto una de las legislaciones más permisivas del continente; la introducción del permiso de salida del país, conocido como “tarjeta blanca”, en 1961; la nacionalización de todas las instituciones educativas privadas en ese mismo año; y la segunda Ley de Reforma Agraria de 1963, que transformó radicalmente la estructura del campesinado cubano, en sentido contrario, por cierto, a aquella creación de “una clase media de terratenientes rurales” que se menciona en Nuestra razón.

        Aun aceptando la tesis según la cual la revolución terminó a fines de los setenta, sigue en pie la pregunta: ¿cómo es el régimen posterior? ¿Había una dictadura en Cuba en 2006, en 2012, en 2016? En esos capítulos de esta Breve historia de Cuba que cubren las décadas que siguieron a la institucionalización, tampoco se define al régimen político cubano. Cuando menciona el viaje de Obama a Cuba, Rojas escribe que era el “primer presidente de Estados Unidos que viajaba a Cuba ya no desde la llegada de Fidel Castro al poder en 1959, sino desde el viaje de Calvin Coolidge a la Conferencia Panamericana de 1928, bajo la dictadura de Gerardo Machado.” (p.164) Ese viaje tuvo lugar en enero de ese año, cuando Machado se encontraba aún dentro de los cuatro años de su primer mandato, antes de la reforma constitucional que prolongó su permanencia en el poder. Pero, según esta Breve historia de Cuba, la “dictadura” es aquella, la de Machado (que lo fue, entre 1929 y 1933), no la de Raúl Castro.

        La marcada tendencia de Rojas a la historia diplomática contrasta con el escaso espacio que le dedica a la oposición en los años sesenta, donde hay un énfasis en la popularidad del régimen. Rojas menciona “el arresto del Comandante Huber Matos en Camagüey” (p.109), no su condena a veinte años de prisión. De las “guerrillas anticastristas del Escambray” (p.112) no se ofrece explicación alguna en un libro donde hay todo un párrafo dedicado a los líderes del Tercer Mundo que visitaron el país en los setenta (p.112), y varios a los viajes de Fidel Castro y Carlos Rafael Rodríguez a Moscú en los ochenta. Se diría que, más que en una historia de Cuba, el foco está en una historia de las relaciones internacionales del gobierno cubano en esos años. La propia historia contemporánea de Venezuela recibe un espacio desproporcionado: se mencionan la Misión Barrio Adentro, la Misión Barrio Adentro II, la Misión Campo Adentro, la Misión Cultura Corazón Adentro, que modificaron la vida cotidiana en Venezuela pero no en Cuba, mientras cambios importantes que por entonces se producían en la isla, como la extensión del acceso a internet (que fue progresiva, primero en lobbies de hoteles, luego en puntos de wifi en parques y lugares céntricos, finalmente con los “datos” de ETECSA), la legalización de la compraventa de casas y de carros, y la eliminación del permiso de salida, no aparecen en el libro. Momentos simbólicos como la mudanza de las sesiones de la Asamblea Nacional desde el Palacio de las Convenciones al Capitolio, terminada su restauración en 2019, gesto que buscaba restablecer cierta continuidad con la República bajo la presidencia de Miguel Díaz-Canel, también se le escapan a Rojas.

       En el capítulo “Los años soviéticos”, leemos: “Sin embargo, como en toda modernización, hubo sectores que quedaron al margen, como pudo verificarse en el refugio de unas 500 personas en la embajada de Perú, en abril de 1960.” (p.127) Más que el error flagrante en el número de asilados (estimado en aproximadamente 10 mil, según la mayoría de las fuentes), lo que chirría en esta frase es el comienzo. Justo el hecho de que tuvo una consecuencia tan insólita, única en la historia de Cuba, como la crisis de Mariel, indica que esa modernización no fue como todas. La modernización de las primeras décadas de la república fue, desde luego, desigual, pero estuvo acompaña de un sostenido aluvión inmigratorio. Justo el cambio de sentido de la migración evidencia que la supuesta modernización socialista de la que habla Rojas es un espejismo: lo que estalló en Mariel fue la combinación de la pobreza socialista y de la falta de libertades. La ‘salida ilegal del país’, tipificada como delito en el Código Penal de 1979, aunque perseguida y sancionada desde mucho antes, había terminado por convertir la isla, en la práctica, en una suerte de campo de concentración.   

         Si se compara con otros países socialistas, es cuestionable, incluso, la existencia en el caso cubano de una verdadera “modernización socialista”, al menos en términos materiales y urbanos. En la Unión Soviética y en buena parte de Europa del Este, el socialismo estuvo asociado a transformaciones visibles del espacio construido: nuevas ciudades industriales, grandes complejos fabriles, redes de infraestructura energética y de transporte. Países como Polonia, la RDA y Checoslovaquia transformaron radicalmente su paisaje urbano mediante vastos barrios de bloques prefabricados y proyectos industriales de gran escala. En Cuba, en cambio, aunque hubo proyectos puntuales conjuntos de viviendas prefabricadas, escuelas en el campo o algunas iniciativas industriales, nunca se alcanzó una escala constructiva comparable, y las principales ciudades conservaron en gran medida el tejido urbano anterior a 1959. En este respecto, el socialismo cubano, que sí produjo cambios radicales en el plano político y social, fue paradójicamente conservador.

          Rojas pierde de vista, además, otro aspecto fundamental de la modernización socialista, que la distingue de otras modernizaciones. Me refiero a la nueva clase que decía Milovan Djilas: la formación de una élite que, aunque no posee legalmente los medios de producción, ejerce un control efectivo sobre ellos a través del Partido y el Estado. La nacionalización casi absoluta de la economía, la expansión de la administración pública y la centralización del poder bajo el Partido Comunista de Cuba y las Fuerzas Armadas Revolucionarias produjo una capa de cuadros, funcionarios, administradores y mandos militares que gestionaban los recursos y acaparaban los principales cargos del aparato estatal. Rojas destaca la amplitud de los “derechos sociales” (p.126) de los cubanos, escamoteando esa estratificación basada en el acceso al poder político más que en la propiedad privada, que resulta análoga, como en la Unión Soviética y los países de Europa del Este, con una estructura cuasi estamental. 

         Otro momento significativo de la normalización del castrismo en esta Breve historia de Cuba se encuentra en la afirmación de que, a propósito de la reforma constitucional de junio de 2002, “el establecimiento del ‘socialismo irrevocable’ fue aprobado por ocho millones de personas en un referéndum” (p. 143). ¿Cabe llamar referéndum a un proceso donde no hubo urnas, voto secreto ni conteo electoral nacional? Aquello no fue un referéndum; fue una campaña de recogida de firmas organizada por el gobierno y ejecutada por “organizaciones de masas” como los CDR, en la que la gente, amedrentada por el temor a las consecuencias que no hacerlo pudiera traerles a ellos y a sus familiares, firmaba en barrios, escuelas y centros de trabajo, como antes, en 1996, tras la aprobación de la Helms–Burton, habían firmado para refrendar la “Ley de Reafirmación de la Dignidad y la Soberanía Cubanas”, y en 1997, la llamada “Declaración de los Mambises del Siglo XX”.

        En este último documento aparece, una vez más, la oposición castrista entre una República marcada por la limitación de la soberanía y una Revolución que la realiza por primera vez. Ese mismo esquema se advierte en un curioso pasaje de “La honda de David”, uno de los ensayos reunidos en el recién editado libro José Martí: la invención de Cuba. Escribe Rojas: “Durante la República, soportamos la limitación constitucional de la soberanía por más de treinta años y luego permitimos todo tipo de injerencia económica y política. Con la Revolución, la dignidad nacional se elevó a un plano insospechado y la soberanía alcanzó, quizá por primera vez, un status verdadero. Pero una revolución radical en términos sociales, como la cubana, no deseaba permanecer ingrávida en plena guerra fría y se adhirió al bloque soviético.” (Verbum, Madrid, 2025, p. 45).

       Al presentar la adhesión al bloque soviético como una consecuencia casi natural de una coyuntura geopolítica, Rojas responde, implícitamente, a la pregunta por las causas de ese “corrimiento hacia el rojo” que, desde los comienzos de la historiografía sobre la Revolución cubana, ha marcado el debate, alineándose más cerca de Philip S. Foner y, en buena medida, de Jorge Domínguez quienes atribuyen la radicalización comunista en gran parte a la hostilidad estadounidense que de Hugh Thomas, para quien obedeció más bien a un cálculo político de Fidel Castro para perpetuarse en el poder. En otros dos libros imprescindibles sobre aquellos años, The Rise and Decline of Fidel Castro: An Essay in Contemporary History (University of California Press, Berkeley, 1972), de Maurice Halperin, y La lune et le caudillo (Gallimard, París, 1989), de Jeanine Verdès-Leroux, el examen de la sucesión de los hechos conduce a concluir que, en palabras de esta última, “se trató de una política buscada, escogida, y no de una reacción a las actitudes norteamericanas: la decisión importante por parte de Estados Unidos —la reducción de la cuota azucarera— no se tomó hasta julio de 1960, en un momento en que ya la suerte estaba echada” (p. 215, traducción mía).

       Nada de esto pertenece al registro de la propaganda.