domingo, 21 de enero de 2007

Alfredo Guevara, apocalíptico e integrado

En medio de las justas protestas por una Declaración que ni siquiera ofrece una disculpa, llega el mensaje de “ratificación” de Alfredo Guevara. El presidente del ICAIC señala, como era de esperarse, un hiato entre la Revolución y sus “errores”; entre “la política cultural de la Revolución, política de respeto y exaltación de la libertad de creación” y el pavoroso “pavonato”; entre “Fidel y Raúl”, de un lado, y del otro la anónima mediocridad.
Apocalíptico en relación a la “seudocultura” de masas, integrado a esa Batalla de Ideas de la que se habla cada vez menos, Guevara afirma que si bien la televisión ha llevado al pueblo “el mensaje político-pedagógico de quien ha sido nuestro gran comunicador”, “desde algún nivel de esa institución, probablemente por ignorancia beligerante y usurpadora” existe una “campaña de exaltación de la vulgaridad, el mimetismo de lo peor de la programación que promueve el Imperio”, la cual “lastima a fondo el afán apasionado que encabeza Fidel de elevar el nivel cultural y para ello intelectual de nuestro pueblo”.
Ahora bien, justamente la legitimación del “mensaje político-pedagógico” de la Revolución, entendido como auténtica Kultur, frente a todo lo que se asimilaba al Imperio, esto es, al capitalismo en su etapa crepuscular, había sido, desde las Palabras a los intelectuales y, sobre todo, desde el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, la base de una política cultural que asimilaba la cultura a la educación, siguiendo, declaradamente o no, aquella máxima de Stalin que consideraba a los escritores “ingenieros de almas”. Que bajo su dirección el ICAIC haya conservado cierta autonomía del Consejo Nacional de Cultura, que en algún momento haya representado, frente a Blas Roca, una posición menos dogmática, no debe hacernos olvidar que Guevara fue una pieza fundamental en la institución de una política que no se caracterizaba, en modo alguno, por la “exaltación de la libertad de creación”.
Fue Guevara quien lideró la cruzada contra Lunes de Revolución que, a raíz de la censura de PM, culminó en las Palabras a los intelectuales, la clausura del magazine y la creación de la UNEAC. Aludiendo claramente a Lunes, en “Las catedrales de paja” (Nueva revista cubana, enero-marzo, 1960) llamaba a desenmascarar “estas corrientes que se titulan nuevas y son antiguas, que se enmascaran con la revolución y se ríen de ella, que apoyan a la revolución y la niegan con su indiferencia en el arte”. Y añadía: “El mundo anda al revés, y los textos y contextos se encargan de confundirlo todo. Son vanguardistas, modernos, contemporáneos, futuristas, avanzados, los más conservadores.” Para concluir: “Ahora la corriente principal es la revolución: ella puede ser cantada, y también enriquecida mediante el descubrimiento de facetas inéditas, o la eclosión de potencias embrionarias. Ese es ahora el papel del arte, de la cultura toda: mantener viva y activa a la revolución, cantarla y renovarla.”
Un año después, en su intervención en la primera de las reuniones en la Biblioteca Nacional, Guevara acusó a los de Lunes de alabar el cine norteamericano, primero, luego la “nueva ola” francesa y posteriormente el cine polaco. Decía: “Ahora da la casualidad que lo que jamás pasa en las páginas de Lunes de Revolución y en el periódico Revolución en el terreno crítico es que defienden el cine socialista que tuvo su primera experiencia en la Unión Soviética. Esto a mí no me extraña. A mí no me extraña porque el punto de partida de un socialista es el marxismo-leninismo, y porque si el marxismo-leninismo no es el campo de estudio, si no reconocemos el deber de estudiar las posiciones filosóficas y el método de análisis del marxismo-leninismo todos los intelectuales cubanos en este momento [..] no podemos alcanzar la lucidez suficiente para tener ni siquiera la discusión que estamos teniendo, no en el campo de la crítica cinematográfica sino en ningún campo”. “Después de la proclamación de nuestra revolución como una revolución socialista, no puede haber ni crítica ni posición honesta y seria de un intelectual que no parta del conocimiento profundo y serio de las posiciones marxistas-leninistas”, afirmaba taxativamente. (“Para alcanzar la lucidez suficiente (Intervención en la reunión de Fidel Castro con los intelectuales, Biblioteca Nacional José Martí, la Habana, junio de 1961, en Alfredo Guevara. Revolución es lucidez, Ediciones ICAIC, 1998.)
Como se ve, para este Guevara no había lucidez fuera del marxismo. En otro escrito suyo de la época, “Inconformismo y revolución”, critica a quienes “en nombre de la revolución y con su lenguaje incorporan un elemento reaccionario y conservador en la medida que puede resultar esto cuánto enturbie la lucidez revolucionaria.” Guevara afirma que, antes de triunfar la revolución, “no importan en última instancia las diferencias de grado en el nivel de conciencia. Bastará entonces el espíritu de rebelión que se da por igual en el inconformista y en el revolucionario. Esto no implica, sin embargo, que se liquide la lucha o contradicción ideológica: significa tan sólo que no es el problema principal. Esta época tiene su fin. Cuando la revolución ha triunfado, o cuando ha creado instrumentos políticos de tal envergadura que se hacen sentir y respetar, los problemas ideológicos pasan a un primer plano en el campo de la cultura, y la revolución exige de sus aliados madurez máxima.” Puesto que “Revolución es lucidez”, en la sociedad socialista “el artista neurótico, el arte patológico, la destrucción de la realidad y la denuncia de su incoherencia resultan superadas[...] La negatividad por la negatividad misma se convierte en actitud obsoleta. La angustia y desesperación, la belleza negra del suicidio-protesta, todo lo patológicamente trágico, pierde su base de sustentación. Si el artista que parte de esas posiciones no las supera para convertirse en revolucionario, para automáticamente a las posiciones de la contrarrevolución.”
No hay, pues, espacio en la nueva sociedad para el inconformismo ni para la negatividad, que equivalen a falta de lucidez: a locura o a contrarrevolución. En estos escritos, como en muchos de José Antonio Portuondo, están ya los dogmas que alcanzarán su formulación más grosera en los artículos publicados por “Leopoldo Ávila” en noviembre de 1968 en Verde Olivo. Y en intervenciones posteriores de Guevara encontramos una inequívoca ratificación de aquella cultural que alcanzó su definición mejor a raíz del caso Padilla. Gracias al propio Guevara podemos leer, en un libro publicado hace poco, un par de ellas que no dejan lugar a dudas: “La política de nuestra dirección revolucionaria ha sido la de sembrar y desarrollar conciencia”(Transcripción. Reunión de análisis interno sobre la polémica de los Premios UNEAC en las páginas de la revista Verde Olivo, Biblioteca ICAIC, 4 de enero de 1969), y “Traidores-coloniales nos piden el suicidio para dormir tranquilos. (Transcripción. Reunión de análisis interno del caso Padilla, Biblioteca ICAIC, 25 de marzo de 1971) (Alfredo Guevara, Tiempos de fundación, (Ibeorautor, 2003).
A este par de transcripciones remito a quienes aun se crean la leyenda urbana de un Alfredo Guevara “liberal”.

1 comentario:

adrian meshad dijo...

Interesante y esclarecedor. Para añadir una pizca de sal al debate, quiero preguntar si alguien en este mundo conoce la existencia de los cortos documentales "Patanas Areneras" y "El Ring", ambos de Oscar Valdés (el último recibio Medalla de Oro en el Festival Internacional de San Sebastián, España, creo que en 1966) El guionista era C. Mesa Royé, quien también escribió una novela que fue borrada de las listas editoriales en Cuba, publicada en 1975, se llama "Quince y Medio". Todo esto, y mucho mas, no pasó la prueba del index prohibitorum. ¿Podriamos hablar de lo que nunca salió a la luz, a pesar del pretendido "liberalismo" de Alfredo Guevara, cuando además, se mencionan los cnesores subalternos, pero nunca al "Gran Causante"?